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El escape de Ariza: madre a los 16 en un mundo de pandillas

Los agresores querían que perteneciera a su banda, pero ella sabía que unirse implicaba vender droga, ser su esclava sexual y su recadera. No sopesó el precio de un ‘no’, y fue violada. Así fue que emprendió un desolador camino de Honduras a México. El día después de aquella tarde, Ariza no pudo salir de […]

March 5, 2018

Foto: Vice News

Por: Autora: Vania Pigeonutt

Los agresores querían que perteneciera a su banda, pero ella sabía que unirse implicaba vender droga, ser su esclava sexual y su recadera. No sopesó el precio de un ‘no’, y fue violada. Así fue que emprendió un desolador camino de Honduras a México.

El día después de aquella tarde, Ariza no pudo salir de su habitación. Recostada en su cama recordó el trayecto hacia su casa. La rutina de regreso era la de costumbre: caminó tres cuadras desde su colegio República de Cuba; los mismos siete minutos que recorría a diario. Se despidió de dos amigas. Siguió caminando. Vio las hileras de casas que miraba siempre y a algunos comerciantes retirándose. Pero a partir de esa tarde, no habría otra ordinaria para ella.
De lunes a viernes salía a las 17:30 del colegio en el que iniciaba la preparatoria. La chica de ojos brillantes y rasgados, cumplió 16 años el 11 de septiembre de 2016. Cuando la sometieron sexualmente, tenía 16 años y 4 meses.

Ariza vivía en una de las colonias más peligrosas, de una de las ciudades más peligrosas del mundo, la hondureña San Pedro Sula, a 300 kilómetros de Chiapas. Ahí, en el sector Rivera Hernández, tienen base Los Vatos Locos, una pandilla contraria a la Mara Salvatrucha (MS).
Poco antes de tomar camino a su casa, esa tarde de enero, ella y sus amigas charlaban de cualquier cosa. No tiene muy presente de qué, pero solía hablar de dj’s, de lo poco que le gustan las matemáticas y de cuánto disfrutaba ir al estadio a practicar atletismo, aunque tuviera que pagar dos ‘rapiditos’, una especie de taxis colectivos. Ya sola, al dar la última vuelta a su casa, la raptaron.

“Yo les decía llorando que me dejaran: ¡soltá, que soltara y me soltara! Un hombre me agarró a la fuerza y abusó sexualmente, por eso salí embarazada del niño, lo quise abortar, pero no pude. Tomé pastillas y todo eso, y ni así; pues ya nacido, ahora lo quiero”, dice Ariza.

Fueron cinco jóvenes los que la raptaron. No sabe sus edades, pero cree que tenían tres o cuatro años más que ella. Uno de ellos fue quien la abusó. Lo hizo en plena calle. Los otros cómplices, cuidaron la esquina por si llegaba la policía. En su barrio si a los pandilleros les gusta una muchacha la obtienen; así, sin que nadie lo impida.

Ellos querían que Ariza perteneciera a la banda. Ya se lo habían dicho meses antes de que la atacaran. Sabía que unirse implicaba vender droga, ser su esclava sexual, su recadera, o todas las opciones anteriores. No sopesó el precio de un ‘no’. “Me fui (de Honduras) porque había muchas pandillas, mucha muerte, a cada rato se agarraban a tiros, entre ellos mismos, se mataban y todo”, dice.

Cuando llegó a su casa tuvo tiempo de lavar su falda azul marino y sus tobilleras blancas llenas de lodo; dejó su saco blanco con el escudo del colegio a un lado y se echó a llorar en la cama. Pasaron varios días para que dejara de lamentarse en silencio por las noches. No recuerda cuántas, pero sí que no le dijo de inmediato a su mamá: ¿qué iba a pensar de ella, la mujer que se mataba trabajando como mesera, para que estudiara?

Cruce en el Río Suchiate, frontera entre Guatemala y México. Foto: VICE News.

 

Isabel es el nombre de la madre de Ariza. Tiene 36 años, y como ella, fue mamá antes de los 18. Es una mujer curtida por la violencia familiar. Golpeada por su exmarido. Pero aún así, se atrevió a levantar la denuncia por la violación de Ariza ante el Ministerio Público del barrio de La Puerta, en donde le recomendaron “huir para no morir… Nunca investigan nada”, dice.

Cuando Ariza tenía ya seis meses de gestación y muchas amenazas encima, decidieron salirse de su país. Isabel adelantó su camino hacia México y dejó encargada a su hija con una de sus amigas de confianza. Un camioncito modelo 80 la dejó cerca del Río Suchiate, que enmarca la frontera occidental entre Guatemala y México.

Poco después Ariza hizo el mismo camino y el 20 de agosto llegó a su primer destino. Iba acompañada de un hombre al que Isabel le pagó casi 1.000 pesos (unos 54 dólares). “Yo me vine embarazada aquí a México, un señor me vino a dejar hasta acá”, dice la chica. Recuerda que se venía tocando el vientre en el camino.

Junto a ella iban otras dos muchachas menores de edad, que asegura, no tuvieron la suerte de que alguien las recogiera en Ciudad Hidalgo, el primer sitio en México al que llegó cruzando el río en balsa. Abrazó a su mamá después de un recorrido cansado que duró un día. “Nos venimos en bus, en un bus grandote nos venimos, y caminamos una montaña grandota, llena de caca de vaca. Después pasamos por Guatemala y por la noche llegamos al río para pasar acá”, narra Ariza.

Ya en Tapachula, Chiapas, pudo instalarse en el albergue Todo por Ellos A.C. después de un mes de espera viviendo en pequeños cuartos: “dormíamos en el piso, en un colchón llenito de ratones; el cuarto era barato, era lo único”.

El Instituto Nacional de Migración (INM), a través de la Secretaría de Gobernación (Segob), reporta que a Chiapas llegaron de enero hasta octubre de 2017, un total de 569 menores sin compañía desde Honduras, casi la mitad son mujeres. De El Salvador llegaron 240 y de Guatemala 1.359, entre niños y niñas.

Como Ariza, otras menores cruzan por alguna ruta de los 654 kilómetros de la frontera entre Chiapas y Guatemala. Tan sólo en 2016, la Segob reportó el ingreso de 38.000 centroamericanos al país; de éstos, al menos la mitad, eran mujeres menores de edad.

Ariza tiene un rostro infantil. No hay rastro de maquillaje es su ojos o labios.

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El día después de que Cheque nació, Ariza pensó que como mexicano, su hijo podría tener otro destino. A sus 17 años, y apenas a dos meses de distancia del nacimiento empieza a entender qué es ser mamá. Su cuerpo ha cambiado, pero no sus deseos: “sí me gustaría tener un celular por mi feis, escuchar música, estar en internet”.

El albergue Todo por Ellos A.C, es una casona de muros altos y techo de lámina donde se juntan decenas de historias de huida. Las camas en hilera, una seguida de otra, dan la impresión de un orfanato. Las tareas son colaborativas. En una pizarra están las labores de cada quien para la semana. Los pequeños corren entre las camas, mientras los mayores hacen arroz con frijoles.

Antes de entrar a las habitaciones hay un patio repleto de zopilotes. Las aves de carroña buscan la podredumbre de los desechos del centro de acopio, y de la zona exclusiva para tirar basura de los locatarios del mercado del Soconusco. A diario camionetas van a recoger desechos. Los habitantes del albergue se han acostumbrado al regodeo de estas aves de plumas negras caminando sobre el lodo. En definitiva, no es un mejor paisaje del que dejaron en Honduras. “No salgo, porque aquí donde está ubicado el albergue es muy peligroso, cuando estoy aquí escucho como vagos atrás, pues, porque ahí enfrente está el basurero y el mercado, y es un charquero”, cuenta la chica de piel morena.

El Cheque está acostado sobre una cama individual esquinada. Es un niño que heredó los ojos rasgados y brillantes de Ariza. No pesa más de cinco kilos, le gustan los abrazos y sonríe con gracia. Nació en un hospital de Tapachula, al sureste de Chiapas, gracias a que obtuvo un Seguro Popular.

 

Alrededores del albergue en Chiapas, México. Foto VICE News.

 

A Ariza y a su madre les ha costado casi cuatro meses conseguir la visa de refugio; la denuncia que Isabel trajo consigo por la violación de su hija les ayudó a ser consideradas por las autoridades migratorias.

Honduras sufre una crisis de desplazamiento forzado interno, y tiene al 66 por ciento de la población viviendo en la pobreza, según datos del Banco Mundial.

Isabel, quien consiguió un empleo sin tener documentos, trabaja de 12 de la noche a 12 del día como mesera por 100 pesos diarios (unos cinco dólares) ya en México. Cuando Ariza se acercaba a su lugar de trabajo, la patrona le preguntaba que quién era la “niña embarazada” que la buscaba. Su hija iba por los 50 pesos (dos dólares y medio) que a veces tenía que pedir prestados para dárselos y que pudiera hacer dos comidas.

Vivir en Chiapas no es fácil para una centroamericana. Estigmatizan a las hondureñas, salvadoreñas y nicaragüenses como ‘roba-maridos’. “La gente no sabe por las razones que uno está pasando y todo lo que era uno, y tal vez que viene huyendo de cosas feas y malas. Yo vivía en una ciudad donde no podemos visitar otra colonia [porque] ahí están las pandillas más peligrosas, MS, 18, contra Vatos Locos”. Es difícil llegar desde un país donde las violaciones infunden miedo, a otro en el que también te puede ocurrir”.

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Ariza ha tenido que entender que ya no es la “niña” de su mamá y tiene su propio hijo. En el albergue otras huéspedes le ayudan a cuidar a Cheque. El director de ese albergue, Ramón Verdugo, cuenta que las menores no acompañadas regularmente llegan huyendo de una violación, de amenazas de los ‘mareros’, y en general de su país, y a veces llegan sin querer a sus hijos. Ahora Ariza cuenta: “Luego se me queda viendo y yo le digo: te quiero mucho mi niño”.

En la experiencia del director del albergue hay diferentes posibilidades de las menores no acompañadas: que sean víctimas de trata de personas, que vengan como migrantes indocumentadas, que lleguen al país por su propia voluntad para trabajar en bares, o con la idea de cruzar hacia a Estados Unidos.

Ariza entra en una de las posibilidades que definen su condición: fue ‘traficada’, ya que su mamá pagó para que la trajera un ‘coyote’. Muchas llegan en los camiones que salen de Honduras, Guatemala y El Salvador hacia Tecún Umán, u otra ruta.

En los albergues como el suyo —hay 13 en Tapachula— es indispensable que el menor llegue en compañía de un adulto y que éste a su vez compruebe vínculos consanguíneos con quien ingresa. Esto para evitar el ingreso de ‘polleros’ y ‘coyotes’ (traficantes) a las casas hogar.

 

Isabel con Cheque, el bebé de Ariza. Foto: VICE News.

 

En algunos casos, según Verdugo, incluso son tratantes de personas, y obligan a las migrantes a ir a bares donde las prostituyen.

Las estadísticas registran que la llegada de hombres es mayor; sin embargo, en el albergue es evidente que son ellas a quienes más trabajo les cuesta llegar a un sitio nuevo: mantienen a sus hijos, están expuestas a violencia sexual, y pese que aquí —aseguran todos— hay respeto, hay registros de violencia en otros albergues.

El director Verdugo considera que “México no tiene la voluntad de proteger” y que esto impide que haya registros oficiales de esta condición; las menores no acompañadas, están de paso por México; regularmente su deseo es irse del país. Según cifras del Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos (DHS), desde 2014 hubo un incremento de menores no acompañados que llegaban por México de Honduras, Guatemala y El Salvador.

“El viernes próximo nos dan nuestra credencial y queremos irnos a Tijuana, y luego a Iusa (EE.UU.)”, cuenta por teléfono Ariza, semanas después de nuestra visita.

De emprender el viaje al que están decididas, Ariza, su bebé y su madre tendrán que cruzar por el desierto y suplicar no toparse con ninguna ‘migra’. Estará a unos 4.500 kilómetros de su natal San Pedro Sula, a años luz de las tardes con 16 años en las que hablaba de dj’s, de lo poco que le gustaban las matemáticas y de cuánto disfrutaba ir al estadio a practicar atletismo, aunque tuviera que pagar dos taxis colectivos.